28 de mayo, 2023

Por Ruchir Sharma (The Financial Times)

Estados Unidos ha convertido su moneda en un arma, pero eso tiene un coste…

Hoy en día, los comentaristas coinciden abrumadoramente en que un dólar estadounidense debilitado no puede perder su condición de moneda dominante en el mundo porque “no hay alternativa” en el horizonte visible. Tal vez, pero no se lo digan a los muchos países que se apresuran a encontrar una alternativa, y tal complacencia sólo acelerará su búsqueda.

El mejor ejemplo es el oro, que ha subido un 20% en seis meses. La creciente demanda no está liderada por los sospechosos habituales, grandes y pequeños inversores que buscan una cobertura contra la inflación y los bajos tipos de interés reales. En cambio, los grandes compradores son los bancos centrales, que están reduciendo drásticamente sus tenencias de dólares y buscan una alternativa segura.

Los bancos centrales están comprando más toneladas de oro ahora que en cualquier otro momento desde que se tienen datos en 1950 y actualmente representan un récord del 33% de la demanda mundial mensual de oro.

Este auge de las compras ha contribuido a impulsar el precio del oro hasta niveles casi récord y más de un 50% por encima de lo que sugerirían los modelos basados en los tipos de interés reales. Es evidente que algo nuevo está impulsando los precios del oro.

Si nos fijamos en los bancos centrales compradores, nueve de los diez primeros se encuentran en países en desarrollo, como Rusia, India y China. No es casualidad que estos tres países estén negociando con Brasil y Sudáfrica la creación de una nueva moneda que desafíe al dólar.

Su objetivo inmediato: comerciar directamente entre ellos con su propia moneda. “Todas las noches me pregunto por qué todos los países tienen que basar su comercio en el dólar”, declaró recientemente el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva en una visita a China, argumentando que una alternativa ayudaría a “equilibrar la geopolítica mundial”.

Así pues, el más antiguo y tradicional de los activos, el oro, es ahora un vehículo de revuelta de los bancos centrales contra el dólar. En el pasado, tanto el dólar como el oro se consideraban activos refugio, pero ahora el oro se considera mucho más seguro. Durante la breve crisis bancaria de marzo, el oro siguió subiendo mientras el dólar se desplomaba. La diferencia en el movimiento de ambos nunca había sido tan grande.

¿Y por qué se rebelan ahora los países emergentes, cuando el comercio mundial se basa en el dólar desde el final de la Segunda Guerra Mundial? Porque Estados Unidos y sus aliados han recurrido cada vez más a las sanciones financieras como arma.

Sorprendentemente, el 30% de todos los países se enfrentan ahora a sanciones de EEUU, la UE, Japón y el Reino Unido, frente al 10% a principios de los años noventa. Hasta hace poco, la mayoría de los objetivos eran pequeños. Entonces, este grupo lanzó un ataque total de sanciones contra Rusia por su invasión de Ucrania, aislando a los bancos rusos del sistema mundial de pagos basado en el dólar. De repente, quedó claro que cualquier nación podía ser un objetivo.

Demasiado confiado en el indomable dólar, Estados Unidos vio en las sanciones una forma gratuita de luchar contra Rusia sin arriesgar tropas.

Pero está pagando el precio en lealtades monetarias perdidas. Entre los países que están cerrando acuerdos para comerciar sin el dólar figuran ahora antiguos aliados de Estados Unidos, como Filipinas y Tailandia.

El número de países con bancos centrales que buscan formas de lanzar su propia moneda digital se ha triplicado desde 2020 a más de 110, lo que representa el 95% del producto interno bruto mundial.

Muchos están probando estas monedas digitales para utilizarlas en el comercio bilateral, otro desafío abierto al dólar.

Aunque algunos dudan de la importancia de un dólar dominante para la economía estadounidense, la elevada demanda de la divisa en general tiende a reducir el coste de los préstamos en el extranjero, un privilegio que Estados Unidos necesita urgentemente en la actualidad.

Entre las 20 principales economías desarrolladas, es ahora la segunda con mayor déficit fiscal y por cuenta corriente después del Reino Unido y la segunda con mayor pasivo exterior (reflejado en su posición de inversión internacional neta) después de Portugal.

El riesgo para Estados Unidos es que aumente su exceso de confianza, alimentado por el relato de que “no hay alternativa”. Esta narrativa se basa en la confianza mundial en las instituciones estadounidenses y en el Estado de Derecho, pero esto es exactamente lo que la militarización del dólar ha contribuido a socavar.

También se basa en la confianza en la capacidad del país para pagar sus deudas, pero ésta también se está debilitando a medida que aumenta su dependencia de la financiación extranjera. La última línea de defensa del dólar es China, la única economía lo suficientemente grande y centralizada como para desafiar la supremacía de la divisa estadounidense, pero aún más endeudada e institucionalmente disfuncional.

Cuando un gigante llega a confiar en la debilidad de sus rivales, es hora de mirarse bien en el espejo. Cuando se enfrenta a los desafíos de una “reliquia bárbara” como el oro y de nuevos contendientes como la moneda digital, debería buscar formas de reforzar la confianza en sus finanzas, no dar por sentado su estatus de superpotencia financiera.

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Ruchir Sharma es presidente de Rockefeller International

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