La operación militar contra Teherán se está convirtiendo en un pantano logístico y político que nadie en Washington había previsto. El único ganador claro, por ahora, es Netanyahu.
Apenas unos días después del inicio de los bombardeos, la campaña de Donald Trump contra Irán ha revelado fallos estructurales que ponen en jaque tanto la capacidad operativa de Estados Unidos como su estabilidad política interna. Lejos de una “victoria rápida”, la guerra ha generado un shock energético inmediato, ha saturado las defensas de sus aliados y ha abierto una brecha en el Congreso que podría costarle a Trump las elecciones de medio mandato de noviembre.
La decisión de atacar Irán está demostrando ser un error estratégico de proporciones colosales. Lo que se presentó como una operación quirúrgica y limitada se ha convertido en una guerra de desgaste que Estados Unidos no está en condiciones de sostener. Irán ha lanzado cientos de drones y misiles contra las bases estadounidenses y aliadas en el Golfo, agotando de forma dramática las reservas de interceptores antiaéreos. Solo en Emiratos Árabes Unidos han caído 870 artefactos en pocos días, de los cuales se han interceptado 840.
El Pentágono ya ha empezado a negar el reabastecimiento de estos sistemas a varios países del Golfo porque simplemente no hay suficientes proyectiles disponibles. La capacidad de producción industrial de Estados Unidos e Israel no da abasto para reponer lo que se está consumiendo en tiempo real.
Peor aún, la opción terrestre que Trump dejó caer hace unos días ha sido recibida con alarma en el propio Pentágono. Los mandos militares recuerdan perfectamente las lecciones de Irak y Afganistán: bombardear desde el aire es una cosa; intentar un cambio de régimen en un país de 89 millones de habitantes, con terreno montañoso y una Guardia Revolucionaria bien armada, es otra muy distinta. No existe una oposición interna suficientemente fuerte ni organizada como para servir de fuerza de choque terrestre. Cualquier intento de invasión directa se convertiría en un nuevo desastre estratégico y político.
El bloqueo del Estrecho de Ormuz es, además, una realidad operativa que Washington no ha conseguido neutralizar. Irán ha amenazado con incendiar cualquier buque que intente cruzar y ya ha obligado a varios destructores estadounidenses a retirarse de la zona. Trump prometió escoltar petroleros “tan pronto como sea posible”, pero la experiencia reciente en el Mar Rojo con los hutíes demostró que Estados Unidos y Reino Unido no tienen capacidad real para proteger el tráfico marítimo frente a ataques asimétricos de precisión.
El resultado inmediato ha sido un disparo histórico en los precios: el gas natural subió un 40 % el lunes y un 45 % el martes. Ese shock energético ya se está trasladando a las cadenas de suministro globales.
Pero el verdadero elefante en la habitación es la política interna estadounidense. El Congreso está profundamente dividido: republicanos votando como demócratas y viceversa, y nadie en la Casa Blanca ha logrado articular objetivos claros y coherentes de la operación. Ni Trump, ni el secretario de Defensa, ni el de Estado han presentado un plan estratégico que explique qué gana exactamente Estados Unidos con esta guerra. Esta indefinición es letal porque existe una ley de 1973 —la War Powers Resolution— que limita a 60 días las operaciones militares sin autorización expresa del Congreso. Estamos en marzo. Si los bombardeos continúan hasta mayo, la presión política se volverá insoportable.
En ese escenario, las midterm de noviembre se convierten en una amenaza existencial para Trump. Si los demócratas logran la mayoría en alguna de las cámaras, algo que hoy parece probable si la economía empeora, podrían activar un impeachment. Mientras tanto, el único actor que está saliendo fortalecido es Benjamin Netanyahu y el lobby sionista, que ve cumplido su sueño de confrontación directa con Irán sin pagar el coste político principal.
Las consecuencias económicas ya son globales. Aunque Europa recibe menos petróleo directamente por Ormuz que Asia, el efecto del shock es idéntico: precios disparados, rutas marítimas y aéreas interrumpidas y cadenas de suministro rotas. Plataformas como AliExpress, Temu y Amazon han empezado a avisar de retrasos masivos en entregas.
Japón, cuya dependencia del petróleo que pasa por Ormuz alcanza el 70 %, es el país más vulnerable del planeta, y por eso Trump ha priorizado su protección. Qatar, por su parte, ha reducido la producción de fertilizantes, lo que amenaza con desatar una crisis alimentaria secundaria en los próximos meses.
Las bolsas caen, las petroleras europeas y asiáticas se hunden y los bancos centrales ven cómo se aleja cualquier posibilidad de bajar tipos de interés en el corto plazo. Todo ello en un contexto donde la economía mundial ya arrastraba fragilidades previas.
En definitiva, la operación contra Irán se está revelando como un error de cálculo monumental. Lejos de proyectar fuerza, está exponiendo las limitaciones reales de la superpotencia estadounidense y abriendo una grieta política interna que podría terminar costándole a Trump mucho más que una simple guerra regional. El reloj corre. Y por ahora, solo Netanyahu celebra.
Mientras tanto Irán
El plan concreto de Irán se articula en dos frentes simultáneos pero claramente diferenciados.
En el frente del Golfo Pérsico, que tiene prioridad inmediata, Teherán concentra su fuego sobre las bases estadounidenses y las instalaciones de radar en Arabia Saudita, Bahréin, Qatar y Emiratos Árabes Unidos. Utiliza misiles de corto y medio alcance junto con enjambres masivos de drones que no necesitan llegar hasta Israel.
El objetivo explícito no es atacar a los países árabes del Golfo, sino destruir las infraestructuras militares norteamericanas que los “hospedan”, forzando evacuaciones y daños estructurales que ya se observan en Bahréin y otras bases.
Contra Israel, la estrategia es más elaborada y se desarrolla en tres fases secuenciales.
La primera fase consiste en cegar al enemigo destruyendo los sistemas de radar estadounidenses e israelíes desplegados en el Golfo, lo que elimina su capacidad de detección temprana. La segunda fase busca agotar las defensas antiaéreas israelíes mediante oleadas continuas de misiles y drones antiguos y lentos, obligando a Tel Aviv a gastar entre ocho y doce interceptores por cada proyectil entrante.
La tercera fase, que ya comienza a materializarse, reserva los misiles modernos hipersónicos (Mach 8-10) y de ojivas múltiples que los sistemas israelíes no pueden interceptar. Al tercer día de combates, los drones iraníes ya sobrevuelan libremente Dubai y las defensas del Golfo están prácticamente exhaustas.
Más allá de la táctica militar, el plan persigue objetivos estratégicos de largo alcance.
- El primero es expulsar físicamente a Estados Unidos del Golfo Pérsico, algo que ya se está produciendo con evacuaciones y daños graves en instalaciones clave.
- El segundo consiste en degradar de forma irreversible la capacidad ofensiva de Israel para que deje de representar una amenaza existencial.
- El tercero es imponer un costo económico brutal a Occidente mediante el cierre selectivo del Estrecho de Ormuz: Irán permite el paso de buques chinos y de países no alineados, pero bloquea los vinculados a Estados Unidos y sus aliados, provocando alzas inmediatas del 40 % en el gas europeo y fuertes incrementos en el precio del petróleo. Paralelamente, Teherán busca revertir el control de los corredores energéticos, contrarrestando la presión estadounidense sobre la “flota fantasma” ruso-china y transfiriendo el dominio regional al bloque BRICS.
Finalmente, Irán ha descartado cualquier “walk-back” rápido o negociación prematura.
La historia reciente de engaños (como el asesinato de Soleimani durante negociaciones) ha convencido a Teherán de que solo una posición de fuerza absoluta garantiza resultados duraderos. Con sus defensas antiaéreas demostrando eficacia (derribando drones avanzados y sin permitir superioridad aérea israelí), Irán se siente en el asiento del conductor.
Cualquier tregua exigiría el levantamiento total de sanciones, la devolución inmediata de fondos congelados y el fin definitivo de las amenazas. De este modo, lo que parecía una guerra convencional se ha transformado en un cambio tectónico: Irán está usando el conflicto para desalojar a Estados Unidos de Oriente Medio, forzar un replanteamiento de la alianza Washington-Tel Aviv y reordenar el mapa energético mundial a su favor.

