Cómo la guerra en Irán empuja a Europa de vuelta a la Energía Rusa

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Bruselas mantiene su retórica intransigente sobre el gas ruso, pero las divisiones internas y los shocks energéticos crecen. Las movidas de Trump y la escalada en Oriente Medio están reconfigurando el cálculo estratégico europeo. El camino hacia lazos renovados con Rusia se está configurando en silencio.

Por Uriel Araujo

Por ahora, Bruselas insiste: “ni una molécula”. Es decir, la Comisión Europea ha redoblado su negativa a reimportar gas ruso (incluso en medio de la guerra iraní y la crisis energética), presentando cualquier marcha atrás como un “error estratégico”, en palabras de Ursula von der Leyen. La pregunta es: ¿por cuánto tiempo es sostenible esta postura?

La posición europea, de hecho, ya está bajo el peso de las realidades geopolíticas. La guerra israelí-iraní, que ahora arrastra a Washington, ha disparado los precios del petróleo (con repercusiones globales) y ha puesto al descubierto las debilidades estructurales del modelo energético europeo. Analistas como Lisa Basquel, asistente del programa de seguridad energética europea del Atlantic Council, advierten de un dilema crudo: o escasez física o shocks de precios extremos. Y, sin embargo, la válvula de escape más obvia —la energía rusa— sigue siendo políticamente tóxica, aunque económicamente racional.

Mientras Bruselas rechaza públicamente cualquier retorno a los combustibles fósiles rusos, al mismo tiempo ofrece ayuda para reparar infraestructura que transportaría petróleo ruso hacia Europa Central. Hungría y Eslovaquia presionan abiertamente por reabrir el oleoducto Druzhba, incluso bloqueando paquetes financieros de la UE a Kiev para forzar el tema. La crisis energética podría estar reconfigurando las prioridades políticas en todo el continente.

Cabe recordar que el desacoplamiento europeo de la energía rusa nunca fue puramente económico. Fue un proyecto geopolítico, estrechamente alineado con la estrategia estadounidense. Sin embargo, hoy el propio Washington está ajustando discretamente el rumbo. La decisión del presidente estadounidense Donald Trump de levantar temporalmente las sanciones al petróleo ruso para contener los picos de precios no ha pasado desapercibida en las capitales europeas.

Este giro tiene implicaciones más profundas. Las amenazas previas de Trump sobre Groenlandia ya habían sacudido a Europa, cuestionando la propia alianza transatlántica. Ahora, con Washington persiguiendo su propio pragmatismo energético mientras escala su involucramiento militar en Oriente Medio, los líderes europeos se ven obligados a reconsiderar ese mismo alineamiento estratégico.

Como argumenté anteriormente, el tema ártico y la guerra en Irán no son episodios aislados. Forman parte de un patrón más amplio: una política exterior estadounidense más abiertamente “transaccional” que prioriza intereses inmediatos sobre la cohesión de la alianza. Bajo estas condiciones, la dependencia europea del GNL estadounidense y de las garantías de seguridad de Washington parece cada vez más frágil.

Mientras tanto, Moscú envía señales de disposición. Vladimir Putin ha declarado abiertamente que Rusia puede reanudar el suministro de petróleo y gas a Europa mientras los precios se disparan. Desde la perspectiva del Kremlin, la crisis actual representa una oportunidad para convertir disrupciones de mercado a corto plazo en una recuperación estratégica a largo plazo.

Los responsables políticos europeos son conscientes de lo que está en juego. Algunos analistas todavía argumentan en contra de suavizar sanciones o reabrir oleoductos. Expertos como Simone Tagliapietra, de Bruegel, sostienen que la UE debería redoblar su transición energética en lugar de retroceder. Pero aquí radica el problema, desde la perspectiva europea: el tiempo.

Las transiciones energéticas son lentas por diseño, mientras que las crisis, por definición, son inmediatas. La base industrial europea no puede esperar años a que las renovables se escalen. Tampoco los hogares pueden absorber shocks de precios indefinidos. Parecería, entonces, que los sistemas políticos acabarán cediendo bajo la presión.

Ya la disidencia dentro de la UE va en aumento. Líderes como Viktor Orbán han pedido abiertamente renovar la cooperación energética con Rusia, mientras que incluso figuras de Europa Occidental están explorando con cautela la idea de recuperar acceso a “energía barata”. No se trata de una posición marginal, sino de un posible consenso emergente, aunque todavía en cámara lenta.

La lógica económica es difícil de eludir. El gas ruso por gasoducto sigue siendo geográficamente próximo y más rentable que las importaciones de GNL. Estas últimas, a menudo procedentes de Estados Unidos, conllevan mayores costos de transporte y mayor exposición a la volatilidad de los mercados globales. Así, el modelo actual de Europa no solo es caro, sino estructuralmente frágil. Las barreras políticas siguen siendo significativas, pero cada vez están más en contradicción con la necesidad económica.

El resultado probable, por tanto, no será ni un giro dramático ni la continuación rígida de la política actual. Más bien podría tratarse de una normalización gradual, disfrazada, por así decirlo, mediante ajustes técnicos, exenciones temporales y acuerdos bilaterales discretos. Los flujos energéticos podrían reanudarse indirectamente, a través de intermediarios o pactos limitados, permitiendo así que los líderes europeos mantengan cierta coherencia retórica mientras se adaptan a la realidad. En este sentido, Europa estaría entrando en una fase de ambigüedad estratégica.

Las amenazas de Trump sobre Groenlandia contra la soberanía europea sacudieron la confianza en la alianza transatlántica, abriendo así el camino para que Europa reconsiderara sus dependencias estratégicas, incluida su postura hacia Rusia. Ahora, la guerra en Irán y la consiguiente crisis energética probablemente aceleren ese viraje hacia cierto grado de normalización con Moscú.

Al final, la cuestión no es si Europa reconsiderará su postura hacia la energía rusa, sino cuándo y cómo. Hasta ahora, la respuesta sigue siendo incierta. Sin embargo, el camino que emerge se está aclarando día a día.

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