EEUU: Piratas del Arábigo

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El presidente Trump ha comparado abiertamente las acciones de la Marina estadounidense en el Mar Arábigo con las de los piratas, al apoderarse de buques y petróleo iraní para mantener el bloqueo en el Estrecho de Ormuz. Mientras Washington presiona con diplomacia y permite el paso de barcos neutrales para probar la reacción de Irán, ambos bandos creen haber ganado la confrontación y se niegan a ceder, lo que mantiene paralizado el flujo de unos 10 millones de barriles diarios de petróleo.

Esto genera riesgos de escalada, sanciones contra China y una nueva tensión comercial con Europa, donde Trump amenaza con subir aranceles y retirar tropas de Alemania, obligando a Bruselas y Berlín a decidir entre someterse o acelerar su autonomía estratégica.

Por Stefan Koopman, estratega macro senior de Rabobank

Las declaraciones del presidente Trump volvieron a ser directas hasta rozar lo sarcástico:

“Aterrizamos encima, tomamos el barco, la carga, el petróleo. Es un negocio muy rentable… Somos como piratas”.

Con esa crudeza característica, el mandatario estadounidense admitió algo que pocos se atreverían a decir en voz alta: el poder naval de Estados Unidos en el Mar Arábigo se está utilizando de forma muy similar a las prácticas que, en otro tiempo, su propia flota se creó para combatir.

Las negociaciones con Irán siguen siendo extremadamente difíciles. Aunque este fin de semana surgieron titulares que apuntan a un posible diálogo, la brecha entre las posiciones de Washington y Teherán parece más amplia que el propio Estrecho de Ormuz. Irán mantiene exigencias maximalistas que Estados Unidos considera inaceptables. Por ahora, no existe un marco creíble de acuerdo.

En paralelo, Washington ha optado por una táctica diferente: animar a buques comerciales neutrales a desafiar el bloqueo iraní y poner a prueba las amenazas de Teherán. Ofrece información sobre rutas seguras (sin minas) y, eventualmente, apoyo en seguros. Aunque los buques de guerra estadounidenses operan cerca, no se trata de escoltas militares formales, lo que evitaría violar el alto el fuego. Aun así, el riesgo de enfrentamientos es evidente y podría derivar en una escalada.

Desde la perspectiva estadounidense, ese riesgo no es del todo negativo. Un ataque iraní contra barcos neutrales fortalecería el relato de Washington y facilitaría la formación de una coalición internacional que, hasta ahora, ha resultado esquiva.

Si algo de petróleo logra salir del Golfo, se ganaría tiempo. Sin embargo, el problema de fondo persiste: ambos contendientes están convencidos de haber vencido. Washington destaca la destrucción de gran parte de la marina y la fuerza aérea iraní, sus capacidades misilísticas y buena parte de su base industrial y militar. Teherán, por su parte, sostiene que sobrevivió a una campaña que buscaba derrocar al régimen, demostró su capacidad para golpear al otro lado del Golfo y en Israel, y consiguió paralizar la economía global.

Aunque su propia economía sufre por el bloqueo estadounidense, Irán cree que puede resistir más tiempo que Washington, especialmente ahora que Trump se acerca a las elecciones de medio término.

Ninguno de los dos bandos tiene una mano ganadora clara, pero ambos piensan que el tiempo juega a su favor. Esa percepción sería manejable si no fuera porque los mercados petroleros han perdido unos 10 millones de barriles diarios y las reservas mundiales están bajando a niveles peligrosamente bajos.

Esto deja a Trump ante una disyuntiva clara. Puede optar por una diplomacia real, ceder en algunos puntos de las demandas iraníes y conseguir los resultados que desea. Esa vía provocaría resistencia en Israel y en los halcones de Washington, pero sería la forma más rápida de restablecer el flujo por Ormuz. O puede retomar la guerra, provocado o no, y apostar a que una nueva campaña de bombardeos logre lo que no consiguieron los primeros 40 días.

El problema es que la coerción no se detiene en Irán. Aunque su petróleo sea incautado, los compradores también son castigados. El Tesoro estadounidense ha intensificado las sanciones contra grandes importadores chinos de crudo, especialmente la refinería Hengli, que procesa 400.000 barriles diarios y ha comprado miles de millones de dólares de petróleo iraní.

Pekín respondió invocando su Estatuto de Bloqueo y ordenando a sus empresas que no acaten lo que considera sanciones injustificadas. Esto coloca a las grandes compañías entre la espada y la pared y apunta directamente a una mayor desvinculación económica entre las dos potencias.

Los piratas también tienen la costumbre de romper los acuerdos. Durante el último año, los dirigentes europeos se convencieron de que era posible alcanzar un pacto duradero con esta Casa Blanca. Esa creencia dio lugar al acuerdo de Turnberry, una concesión unilateral presentada como una tregua para estabilizar el comercio transatlántico. La lógica siempre fue cuestionable.

Este fin de semana, Trump anunció que volverá a elevar al 25 % los aranceles del artículo 232 sobre los automóviles europeos (desde el 15 % pactado en Turnberry), demostrando una vez más que sus propios acuerdos apenas lo atan.

La reacción instintiva de la Comisión Europea podría ser reabrir las conversaciones y buscar un regreso al tipo reducido mediante ajustes técnicos o promesas de aplicación rápida. Es comprensible, pero quizá se esté perdiendo el punto central. La lección del episodio de Groenlandia es que esta Administración responde mejor a la firmeza que al apaciguamiento.

Sobre el papel, Europa también tiene herramientas: mantiene una lista de 93.000 millones de euros en aranceles de represalia que quedaron suspendidos tras Turnberry, además del Instrumento Anti-Coerción (la llamada “bazuka comercial”), que permite restringir inversiones estadounidenses o retirar protección a la propiedad intelectual. Las herramientas existen. La pregunta es si Europa está dispuesta a seguir el ejemplo de China.

La presión estadounidense sobre Europa, y especialmente sobre Alemania, no se limita al comercio. Días después de una llamada entre Trump y Putin, Washington anunció la retirada de 5.000 soldados de Alemania, parte de los 37.000 que aún permanecen allí. Rusia e Irán celebrarían ese movimiento. Trump parece ver esas tropas como un servicio de protección a Alemania.

En realidad, las bases sirven para proyectar poder estadounidense hacia Europa, Oriente Medio y África. Su retirada debilitaría el propio alcance estratégico de Estados Unidos.

Berlín y Bruselas enfrentan ahora la misma elección: someterse y halagar a un protector cuya “protección” se ha vuelto transaccional e impredecible, o aceptar la nueva realidad y acelerar el despertar defensivo europeo hacia una verdadera autonomía estratégica. El shock actual puede convertirse, si se maneja con decisión, en el catalizador definitivo de esa transformación.

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