No, secretario Bessent: no van a “crecer mágicamente” para salir de la deuda

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Cuando la deuda federal oficial de Estados Unidos llegó a los 40 billones de dólares y el número empezó a circular con fuerza, el secretario del Tesoro, Scott Bessent, salió a calmar las aguas. En una entrevista con CNBC el 20 de agosto, le dijo a Sara Eisen que no había nada mágico en esa cifra y que el país podía crecer para salir del problema.

Por Vincent Cook

Según Bessent, el déficit de 2025 quedó en torno al 5,7 % del PIB, hubo cierta “consolidación fiscal”, los reembolsos de aranceles son temporales y el gasto inmediato en fábricas, equipos y estructuras agrícolas no es gasto público, sino inversión que ampliará la base tributaria. En sus palabras, están tensando la honda: hay mucha energía potencial que se convertirá en energía cinética cuando esas fábricas empiecen a producir.

Suena bien. El problema es que no encaja con cómo funciona realmente la acumulación de capital.

El truco de siempre, con un nuevo envoltorio

Los republicanos llevan décadas repitiendo una versión de la “economía vudú”: bajar impuestos aumenta el crecimiento, el crecimiento aumenta la recaudación y, al final, los ingresos alcanzan al gasto. Bessent añade un matiz: mira el déficit como porcentaje del PIB y celebra que en un solo año ese ratio bajó un poco.

Hay dos problemas de fondo.

El primero es contable y físico.

Da igual que el ahorro privado se lo coma un impuesto más alto o un déficit más alto. En ambos casos, trabajo y recursos naturales que podrían haber aumentado el stock de capital productivo se desvían hacia consumo presente o hacia malinversiones del gobierno y sus clientes.

Dar un incentivo fiscal a la inversión sin recortar el gasto público es autodestructivo: el déficit extra absorbe precisamente ese ahorro adicional y lo lleva al Estado.

El segundo es de medida. El número oficial de 40 billones subestima de forma grave las obligaciones federales.

No incluye el valor presente neto de los pasivos no financiados de la Seguridad Social, Medicare y los fondos de pensiones de empleados federales. Los propios fideicomisarios, entre ellos Bessent, estiman otros 80 billones si no hay subidas de impuestos que maten el crecimiento o recortes de prestaciones que maten carreras políticas.

En total, al menos 120 billones de dólares. Servir esa carga exige algo más que un año de PIB un poco más alto.

Lo que muestran 75 años de datos

Si se observa el ahorro neto y el saldo presupuestario federal como proporción del producto nacional neto (PNN, una medida más cercana a lo que realmente ganan los estadounidenses), el patrón es claro.

Durante las primeras dos décadas y media después de 1950, el ahorro neto se movía entre el 10 % y el 15 % del PNN y el presupuesto federal estaba más o menos equilibrado. El ahorro neto alcanzó su máximo hacia 1965 y desde entonces no ha parado de caer. En los años 2020 está prácticamente en cero.

Esa caída de seis décadas coincide con déficits cada vez más grandes, especialmente desde los años 80. Hubo un respiro en la era Clinton, cuando el presupuesto llegó a un pequeño superávit y el ahorro neto se recuperó en parte.

Después volvió el deterioro, con picos brutales en 2008 y 2020.

Bessent puede decir con verdad que 2025 fue un poco mejor que 2024. Mantener ese ritmo tres años más ni siquiera devolvería el ahorro neto al nivel de 2019, en el primer mandato de Trump.

Los déficits crónicos no explican toda la caída del ahorro, pero sí aproximadamente la mitad. Los recortes de impuestos a inversores que los republicanos celebran quedan anulados, en la práctica, por su incapacidad —compartida con los demócratas— de controlar el gasto desde la presidencia de Eisenhower.

Un año no hace tendencia, y el PIB no es el mejor termómetro

El ratio déficit/PIB bajó de 6,2 % en 2024 a 5,8 % en 2025. En un gráfico de 75 años esa mejora es casi invisible. Además, el PIB es una métrica más “gorda” que el PNN porque incluye la depreciación del capital (que no se grava) y no captura del mismo modo los ingresos de estadounidenses en el exterior (que sí se gravan).

El PNN es un proxy mejor de la base tributaria.

Bessent elige un indicador popular, mira el cambio de un solo año y proyecta una reversión de tendencia. Eso no es análisis. Una serie larga de estos datos no muestra un giro sostenible; muestra un deterioro fiscal de décadas.

La magia monetaria que infla el PIB

El crecimiento del PIB que Trump, Vance y Bessent exhiben depende en buena parte de la creación acelerada de dólares fiduciarios por la Reserva Federal y de depósitos y sustitutos del dólar por el sistema bancario.

Esa inflación temporalmente hincha el PIB, aumenta de forma permanente las obligaciones de los fondos fiduciarios por las cláusulas de ajuste al costo de vida y alimenta ciclos de auge y caída. En la fase de caída aparecen déficits todavía mayores, el ahorro neto se hunde y se liquida capital malinvertido.

A largo plazo, la inflación no hace que los ingresos alcancen al gasto. Solo “resuelve” el problema de los pasivos destruyendo el poder adquisitivo del dólar y volviendo irrelevantes las obligaciones denominadas en esa moneda.

Ningún truco fiscal ni monetario sustituye lo que sí genera riqueza real: que los estadounidenses restrinjan consumo presente y liberen trabajo y recursos para aumentar de forma sostenible la cantidad física de fábricas, equipos y estructuras agrícolas. La línea del ahorro neto muestra que eso prácticamente se ha detenido. Republicanos y demócratas, juntos, le han puesto un hechizo bipartidista al crecimiento.

El número de 40 billones no es mágico. Tampoco lo es la promesa de crecer para salir de él.

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