El nerviosismo de Washington no es un accidente: es el síntoma de un dólar que ya no puede sostener el mundo. Esa es la tesis que Thomas Piketty dejó en una entrevista con BBC News Brasil, publicada el 3 de octubre de 2026, al presentar el Proyecto de Justicia Global del World Inequality Lab.
El economista francés no habla de una crisis coyuntural. Habla de un desajuste de escala. Estados Unidos sigue operando el sistema monetario internacional como si su peso en la economía mundial fuera el de 1945. No lo es. Y, según él, cada año lo será menos.
El diagnóstico
Piketty retoma una comparación que hizo hace años: la concentración de riqueza en una élite privilegiada había vuelto a niveles parecidos a los que precedieron a la Revolución Francesa. Preguntado si algo cambió, responde que en muchos sentidos la situación empeoró. El 0,001% más rico —menos de 60.000 personas— posee tres veces más riqueza que la mitad inferior de la humanidad. Dentro de casi todas las regiones, el 1% superior tiene más que el 90% de abajo.
Sobre ese fondo coloca la frase que tituló la nota de BBC Mundo: el nerviosismo de Washington tiene que ver con que Estados Unidos está perdiendo el control sobre el mundo. No lo presenta como una derrota militar. Lo presenta como una pérdida de masa económica.
En la posguerra, la economía estadounidense era lo bastante grande como para anclar el dólar. Esa proporción ha ido bajando y, dice, seguirá bajando. Llegado un punto, ya no es posible que el dólar funcione como moneda internacional en un mundo donde Estados Unidos es solo una fracción del PIB global.
El arreglo actual sobrevalora el dólar y alimenta el déficit comercial estadounidense. Los desequilibrios de ese tipo, añade, no se quedan en la balanza de pagos: producen consecuencias geopolíticas.
Trump como reacción, no como solución
Ahí entra su lectura de la política actual. Las medidas de Donald Trump no resuelven el problema de fondo. Son una reacción.
Piketty resume el mensaje, en sus palabras, así: pongo mis armas sobre la mesa para conseguir petróleo en Venezuela, Irán o Groenlandia y así reducir mi déficit interno. La presión militar puede alterar flujos y precios durante un tiempo. No cambia el hecho de que la economía que emite la moneda de reserva es cada vez más pequeña respecto del sistema que pretende ordenar.
En el mismo registro critica lo que llama la agenda tecnonacionalista y tecnocapitalista. Tecnomillonarios y tecnonacionalistas prometen centros de datos en cualquier rincón de la Tierra, o en Marte, mientras libran guerras para extraer más combustibles fósiles.
Es, dice, una visión trumpista del futuro que no resuelve ni el desarrollo ni el clima. No durará para siempre, aunque todavía le queda recorrido. Señala como próximos contrastes las elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos, en noviembre, y las presidenciales de Brasil.
Lo que propone el informe
El vehículo de estas ideas es el Proyecto de Justicia Global, informe del Laboratorio de Desigualdad Mundial, codirigido por Piketty y Lucas Chancel, con unos 45 contribuyentes, presentado en junio de 2026 en la Escuela de Economía de París. La pregunta del documento es concreta: si todos los países alcanzaran un alto nivel de desarrollo, ¿cómo sería el mundo en un planeta finito?
La respuesta del informe exige tres cosas a la vez. Transformar el sistema energético. Cambiar los modelos de producción. Y comprimir la desigualdad, dentro de los países y entre ellos, para que haya margen fiscal e inversión en clima, educación y salud.
El escenario central, llamado Convergencia Sostenible, apunta a que todos los países lleguen a unos 5.000 euros mensuales de ingreso nacional bruto per cápita, en paridad de poder adquisitivo de 2025. Hoy la brecha es de unas 16 veces: alrededor de 290 euros en África subsahariana frente a unos 4.590 en Norteamérica y Oceanía. El crecimiento sería diferenciado: entre 0 y 0,5% anual en las regiones ricas, y entre 3 y 4% en las más pobres. Las horas de trabajo anuales bajarían de unas 2.100 a unas 1.000 por persona ocupada. Educación y salud pasarían del 11% al 43% de las horas laborales globales.
Para financiarlo proponen un Fondo de Justicia Global capaz de movilizar el 10,3% del PIB mundial cada año entre 2030 y 2060, con impuestos globales a la riqueza —hasta un 20% anual en el tramo de los multimillonarios— y a la renta de los más ricos. Piketty recuerda que Lula ya puso un impuesto global a las fortunas multimillonarias sobre la mesa del G20 de 2024, con respaldo de Sudáfrica y otros países. No bastó para aprobarlo. Sí bastó, dice, para demostrar que la demanda de justicia económica y climática ya está en la negociación formal.
Sin esa compresión de la desigualdad, advierten los autores, una descarbonización rápida y lo que llaman suficiencia —menos horas, menos consumo material, cambios de dieta, incluido menos carne— no alcanzan. El calentamiento, en su cálculo, superaría los 4 °C. Con las tres palancas juntas, el informe sitúa el escenario en torno a 1,8 °C en 2100.
Cómo avanzar sin Estados Unidos
La parte más política del argumento es la vía institucional.
Piketty preferiría un consenso para reformar la ONU, el FMI y el Banco Mundial. Como no lo ve factible, propone una coalición incompleta: un grupo de países que avance aunque no estén todos, y aunque en algunos tramos no esté Estados Unidos.
El ejemplo que da ya está en marcha.
Una convención en el marco de la ONU para cooperar en el impuesto a los más ricos, con más peso del sur global y con una lógica de soberanía: que la riqueza no salga de los países pobres hacia los intereses del norte.
Estados Unidos votará en contra pero aun así, el diseño se apoya en mayoría cualificada, ponderada por población, y no en unanimidad.
Esa es la diferencia que marca con las COP del clima, que se reúnen cada año y no pueden decidir porque un solo país puede bloquear.
Sobre la moneda, la propuesta es estructural. En un mundo donde ningún país tiene hegemonía sobre el PIB global, haría falta una moneda internacional basada en una cesta, Estados Unidos, China, India, Brasil y quien aporte a financiar desarrollo e inversión climática, no el dólar en solitario. Cree que ocurrirá antes de lo que se imagina.
Ahí aparece un detalle que el informe subraya y que, dice Piketty, casi nadie discute.
En el FMI, un país que controle el 15% de los votos puede vetar decisiones clave, entre ellas la emisión de Derechos Especiales de Giro, que algunos ven como el embrión de una moneda internacional. Estados Unidos está en ese umbral y, en la práctica, tiene veto. Pero su peso en la población mundial y en el PIB mundial ya empieza a bajar. Si esa caída continúa, podría perder la capacidad de bloqueo. Su participación sería necesaria para una reforma monetaria de verdad. No es indispensable para que otros empiecen a gravar fortunas y a construir reglas en paralelo.
El optimismo, y el límite
Piketty cierra en un registro que no es el del colapso. A largo plazo, dice, las fuerzas democráticas y las luchas sociales estarán en condiciones de transformar las instituciones. Es posible avanzar. La agenda tecnocapitalista no cumplirá lo que promete.
El límite del argumento está a la vista. El informe demuestra, en sus propios términos, que la igualdad y la habitabilidad planetaria no son incompatibles en el papel.
Lo que no demuestra es que exista la coalición política para aplicarlo. Un impuesto del 20% anual sobre los multimillonarios, una moneda administrada fuera del dólar y un fondo del 10% del PIB mundial no son ajustes técnicos. Son una transferencia de poder. Piketty lo sabe: el obstáculo no es la imposibilidad técnica, sino la elección política y el trabajo de armar la coalición.
Mientras esa coalición no exista, el nerviosismo de Washington sigue teniendo una lectura simple. El país que emitió la moneda del orden de posguerra ya no tiene el tamaño de aquel orden. Puede reaccionar con presión, aranceles y acceso a recursos. No puede, con esas herramientas, devolverle al dólar la base económica que tuvo en 1945.
Fuente: entrevista de Vinícius Mendes (BBC News Brasil), publicada por BBC Mundo el 3 de octubre de 2026, y Global Justice Report del World Inequality Lab, junio de 2026.
Un comentario
´Aprobado ´
Soñar no cuesta nada, aunque los argumentos técnicos están servidos sobre la mesa.
Cada uno, a presionar actívamente..